Texto íntegro, publicación semanal sobre pueblos de Guadalajara, en el periodico Nueva Alcarria.

Publicado por José Serrano Belinchón. OCTUBRE 1986

HUERTAHERNANDO


HUERTAHERNANDO

Después de atravesar siete tipos de paisajes diferentes se accede a estos abruptos descampados donde ahora estoy. Tierras magníficas como escenario de viejos poemas épicos por donde -creo que la Historia lo dice- anduvieron a la gresca moros y cristianos en aquel juego sin fin de la Edad Media. Con los profundos valles del río Ablanquejo a su vera criando pastizal donde aún la Naturaleza es madre, ásperos crestones de matorral rajados en ángulo por húmedas vaguadas en las que se sostiene en pie el olmo moribundo, el huerto ruin y el sauce silvestre, Huertahernando, a caballo de uno de aquellos altos sabineros de aspecto lunar, nos mira estirado por encima del corte rocoso como un viejo dinosaurio hecho piedra, mientras escalamos con lentitud las cuestas del camino que hay que subir hasta darle alcance.
En la moña de una sabina por la ladera se siente el graznido de un grajo. Luego, el corpudo animal de plumaje negro se tira al espacio para esconderse en la oquedad de unas peñas en la parte opuesta del barranco. El pueblo lo domina todo desde su atalaya, mirando avizor por los vanos airosos del campanario.
-¡Será posible!
El gavilán acaba de errar el golpe. El gavilán se ha dejado caer de uñas sobre la bandada de palomas zuritas del rastrojo y no agarró ninguna porque Dios no lo quiso. Los animales han volado despavoridos mientras que la rapaz se quedó in albis con las alas abiertas y las uñas clavadas en un terrón del surco. La escena me ha parecido escalofriante.
Ya arriba, en las puertas del pueblo, como si fuera el solitario torreón de un castillo de leyenda, están los cuatro muros destartalados y sin cubierta de la antigua ermita de San Roque.
-Es que se hundió, ¿sabe usted?
-Ya me lo imagino.
Una señora mayor con temblores en las dos manos dobla debajo de una higuera una sábana de las del ajuar en la calle Mayor. Huertaernando es un pueblo de una sola calle importante, pero muy larga. En medio de esta calle toma cuerpo la Plaza Mayor rodeada de viviendas cómodas, adaptadas para los veraneantes. La plaza está en obras. Al margen de las escandalosas maquinarias de la pavimentación, hay en el mismo centro una fuente con monolito similar a los pairones molineses, una farola como remate y cuatro grifos distribuidos en cruz, uno en cada cara. Los grifos no echan agua. «Se hizo esta obra en 1978, siendo de ayuntamiento: alcalde Bernardo Guerrero Martínez…» En la lista figuran con sus nombres y apellidos otros cuatro ediles más, cuya memoria procura perpetuar una placa negra escrita con impecables caracteres góticos.
-No echa porque está estropeada. Aquí, gracias a Dios, hay agua suficiente para todo el pueblo.
La señora Victorina vive en una casa de la plaza con mucha vegetación. La casa de doña Victorina Romero tiene un patio emparrado que es una bendición; un patio donde hay tiestos y plantas en flor de malva real, un albaricoquero y otro árbol con más pompa, aplatanado, exótico, que ni la dueña ni yo hemos sabido catalogar.
-Pase usted a casa. Pase y tome aunque sólo sea un mal refresco, que vendrá medio deshecho del viaje.
-Muchas gracias. La verdad es que, precisamente por venir cansado, no me apetece tomar nada. Es usted muy amable.
La cocina de la buena mujer es familiar y muy acogedora. Por encima de la chimenea hay dos cazos de cobre y un calentador de cama colocados en espiga. El brillo de aquellos cachivaches en desuso, conseguido a fuerza de dejarse las uñas, paga con creces los trabajos de su dueña por adornar la casa. En otro rincón cuelga de la pared una pata de vaca disecada, con la pezuña y todo su pelo.
-Pues mire usted, es una bota de las de beber vino, pero está tan dura la condenada que no sirve nada más que para tenerla de adorno. Me la trajeron de Sitges, allá por Cataluña.
Acompañando a doña Victorina, pegada al fuego de la chimenea, esta sentada una señora que viste de riguroso luto. Se ve que es una mujer elegante. Viste al estilo de nuestras abuelas, con una blusa cerrada de aquella de volantitos en el cuello que a veces aparecen en las postales de época y en los personajes de don Jacinto Benavente.
-Es mi prima Teodora. Vive en Mazarete y ha venido a pasar unos días en mi casa.
-Tanto gusto. Aburridilla la vida por aquí. Sobre todo cuando el verano se marcha definitivamente.
-De todo hay. No hace mucho que estuvimos de excursión en Santiago de Compostela cincuenta personas de estos pueblos. Nos llevó don Ángel, el sacerdote que atiende lo de Buenafuente.
-Mayores casi todos.
-A ver. También se vinieron con nosotros toda la “juventud” que tiene allí ingresada en la residencia.
-Demasiado lejos, ¿no?
-Sí, bastante lejos; pero a mí no me importaría volver otra vez.
Se dice que en estas tierras difíciles de Huertahernando murió en el campo de batalla el obispo-guerrero don Bernardo de Agén, reconquistador de la ciudad de Sigüenza en tiempos del rey Alfonso VI, iniciador que fue de las obras de la catedral en el siglo XII y, de alguna manera, padre de la actual ciudad seguntina y primero de sus obispos tras la larga pausa de la dominación árabe.
-Me gustaría que me acompañasen -les digo- a conocer algo del pueblo. Aquí tienen que haber cosas que merezcan la pena ver.
-Poco hay. Podemos acercarnos hasta la iglesia y así recorremos todo el pueblo. La iglesia es muy bonita, pero está muy mal. Para arreglarla necesitamos unos cuantos millones de pesetas y no los tenemos.
-Ese es el mal de muchos.
Por el camino me cuenta doña Victorina que la fiesta de San Miguel se sigue celebrando en su día, a finales de septiembre, y que el pueblo en general es más bien pobre, que tienen para comer y pare usted de contar.
En un sitio determinado de la calle Mayor, allá al final a mano derecha, hay en ambos lados del quicio en donde está la leña, una serie de piezas de museo la mar de curiosas: una cabeza de carnero con todo su pelaje y cornamenta como acabada de decapitar, hierros diversos de desconocido utillaje, una piel de jabalí enrollada por encima de los troncos, rosquillas secas y churros arqueados de qué sé yo cuando. Por el ventanuco se ven sobre la pared de dentro en el complicado zaguán, estampas de calendario con los motivos y escenas más peregrinos que uno se pueda imaginar. Un ratoncillo sabio asoma el hocico por una rendija de la puerta y enseguida se vuelva a entrar. La casa es de un tal Alejandro, uno de los que prefieren romper en solitario los moldes establecidos para la vida normal y vivir a su aire. A las vecinas, la conducta del nuevo Robinson no les atrae, no les parece nada de bien.
-Mire, si vivimos puerta por puerta y de ahí salen olores y acuden bichos en verano que muchos días no nos dejan parar. Claro que no nos parece nada de bien.
Doña Victoria, doña Teodora y yo seguimos después buscando el barrio del arrabal por donde está la iglesia. Las vistas al campo desde aquellos lugares son un regalo para los ojos y para los corazones abatidos, ansiosos de horizontes abiertos.
-Si quiere puede pasar al cementerio. Hay un paisaje muy bonito desde allí, pero debíamos levantar la pared un poco más.
El cementerio de Huertahernando es el más privilegiado de los que conozco. Por una parte, la muerte espera aquí el momento de la resurrección al amparo de la fe, de al esperanza y de la caridad, pegada a los muros de la iglesia; por otra tiene por sede el más sugestivo mirador que se pueda imaginar, abierto en ancha panorámica a todas las tierras de la provincia en la que la Alcarria, con sus sucesivas sinuosidades, deja de llamarse así para convertirse en la Sierra del Alto Tajo sin aún llegar a serlo. Es un gozo contemplar aquel apoteosis desde el humilde muro que separa a las tumbas y a los lirios del barranco.
-Aquel casón dicen que es obra de moros. Desde lo que es la casa hasta la fuente del barranco, contaba mi abuela que existía un túnel y que por él bajaban los moros a por agua. De niña yo he vivido allí.
Otro aguilucho merodea por encima de los campos que rodean al pueblo. En el atrio de la iglesia hay dos pavos blancos escarbando entre la hierba. Luego el arco de sillería que divide el pretil, la fachada señorial de la iglesia, los contrafuertes, y el leve pórtico en dos partes iguales.
-Un obispo de Astorga nació aquí –me explica doña Victorina. En esa placa de arriba me parece que lo dice.
Es una placa muy pequeña de metal negro. Si se le dedica un poco de tiempo y con buena vista se podrá leer: «Don Nicomedes Belasco Zarza cantó misa en Huertahernando el día 30 de junio de 1897». Uno lamenta disentir, pero tiene entendido que no fue aquel el hijo de la villa que llegó a ser, por su piedad y sabiduría, obispo de la sede leonesa a la que se refirió doña Victorina, sino don Francisco Isidoro Gutiérrez Vigil, y tampoco por aquellas fechas, puesto que los documentos lo registran con más de un siglo de antelación.
En el interior del templo hay una sola nave con crucero. La iglesia está en su interior pintada de blanco. El retablo mayor es pobre y sostiene una imagen de la Asunción de la Virgen.
-El San Miguel nos lo regaló una familia muy distinguida de Tarragona, que tenían un hijo y murió aquí en la guerra.
A mano izquierda del crucero hay una talla muy bonita de la Virgen de la Soledad vestida de blanco. A primera vista, la imagen de la Madre de Dios vestida con aquella indumentaria resulta chocante.
-Sí, es que la acabamos de restaurar en un taller que hay en Horche, y la tenemos aquí un poco provisional.
-Pero si es que la han vestido de novia.
-Claro, pero es que su traje se lo llevó una para hacerle otro nuevo, y mientras que lo traen le hemos puesto éste. Se lo regaló una chica de aquí para que lo lleve debajo del manto.
Las paredes se ven despellejadas a rodales y los muros están tomados por la humedad. A mi acompañante no le falta razón cuando dice que se necesitan unos cuantos millones para arreglarlo todo. El viejo órgano parroquial también se ve destartalado.
-Muchos de los santos que hay los compramos los mozos y mozas en nuestros tiempos haciendo comedias. Así nos tenemos que valer aquí. No hay ni un duro, somos más pobres que las ánimas. Para Semana Santa rifamos un roscón, y lo que se saca va para atenciones de la iglesia.
Don Faustino Moreno, el teniente de alcalde al que saludé de paso junto al juego de pelota, me contó que tenían en proyecto ampliar el frontón y los laterales con piso nuevo, pero que ya veríamos si la cosa se llevaba a colmo o no se llevaba.
-A ver. Todo depende de que desde Guadalajara nos echen una mano o no nos la echen.
Las seis de la tarde. Otoño acabado de entrar. Es buena hora para despedir a los amigos de Huertahernando con toda gratitud. Como siempre, uno no sabe si volverá a verlos alguna vez. Ya con la anochecida en la espalda y en una tarde limpia, entre grana y gris, los valles y barrancos por los que baja el Ablanquejo toman una nueva dimensión: la de los encantamientos.
(N.A. Octubre, 1986)

Celso Gomis de excursión desde Huertahernando

Celso Gómis fue uno de los divulgadores científicos más interesantes del último cuarto del siglo XIX. Ingeniero de Caminos de profesión, realizó numerosos viajes por toda la geografía peninsular trabajando en distintos proyectos: carreteras, ferrocarriles, canales de riego... Apasionado de la ciencia, fue recogiendo datos y notas que luego incluía en sus libros de geografía, geología, ciencias naturales, matemáticas o lecturas escolares. Pero, además, Celso Gomis fue uno de los más destacados militantes de la Primera Internacional en España; se inció en política en el Partido Republicano Federal, pero se adhirió a al Alianza de la Democracia Socialista después de conocer a Mijaíl Bakunin. Activo anarquista en 1880 y 1881 pasó una temporada en tierras alcarreñas, sobre todo en Brihuega (localidad de fuerte presencia anarquista), planificando una nueva línea de tren que nunca llegó a construirse. Aquí reproducimos uno de sus artículos sobre su estancia en Guadalajara.
DE HUERTAHERNANDO A LA OLMEDA DE COBETA PASANDO POR BUENFUENTE
Huertahernando, cuyo aspecto contrasta notablemente con lo harmonioso de su nombre, es un pueblo de unos cuatrocientos habitantes y, como casi todos los de esa parte de la provincia de Guadalajara, está situado a gran altura sobre el río.
Generalmente en todas partes en que hay ríos, los pueblos suelen levantarse en la orilla de ellos; pero en esta comarca sucede precisamente todo lo contrario. Las poblaciones se encuentran, salvo raras excepciones, en lo alto de las mesetas y los ríos corren a una o dos horas de distancia de ellas y a un nivel de 300 a 400 metros más bajo que el de aquellas.
Y es que tampoco he visto en ningún punto de España los ríos tan profundamente encajonados como en esta provincia. Quien haya ido de Zaragoza a Madrid por el camino de hierro no habrá podido menos de observar lo muy encajonado que corre el Henares entre Sigüenza y Guadalajara. Y lo mismo pasa con el Tajo, el Tajuña, el Ablanque y la Pelegrina. Brihuega se encuentra lo menos a 100 metros sobre el Tajuña, y Canales del Ducado, Sacecorbo, Esplegares y Huertahernando se encuentran de 300 a 500 metros sobre el Ablanque.
Como los barrancos que desde las mesetas desaguan en estos ríos son también muy profundos, resulta que todos los caminos de este país son una no interrumpida serie de subidas y bajadas.
Cuando aquí os digan que un camino es llano como la palma de la mano, podéis esperar cuando menos encontraros con un camino tan accidentado como el de Segovia a San Cucufate del Vallés pasando por el atajo. Y es que todo es relativo; y como aquí no conocen las llanuras, para sus habitantes es llano todo lo que no es tan pendiente como algunos de los caminos a que están acostumbrados.
Mas volvamos a Huertahernando. Este pueblo no tiene otra cosa notable más que su gran suciedad y la circunstancia de ser muy húmedo, a pesar de estar situado en un punto muy elevado. Esta humedad no puede atribuirse más que a la cimentación de sus casas en la caliza que les sirve de asiento, roca que por su compacidad es altamente impermeable.
Durante la Guerra de la Independencia, Huertahernando fue habitado durante algún tiempo por la Junta Suprema del Reino, y esto, que fue un honor para este pueblo, fue también causa de su desgracia, pues los franceses entraron en él a saco y no dejaron piedra sobre piedra. Lo único que en él se conserva que sea anterior a dicha guerra, son los cuatro gruesísimos muros de un antiguo castillo convertido hoy en casa habitable.
A unos dos kilómetros al E. de Huertahernando hay un sitio conocido con el nombre de Collado del Castillo, que, según la tradición, sirvió de asiento a un castillo de moros; pero yo he encontrado en él fragmentos de alfarería que no me permiten dudar de su procedencia romana. Lo poco que se conserva de los cimientos de aquel castillo es de piedra en seco, sin vestigios de mortero. Yendo de Huertahernando a Buenafuente, este collado queda a la izquierda.
Al pasar del término de Huerta al de Buenafuente, se observa un cambio muy notable. Los bosques, que en aquél están completamente descuidados y van desapareciendo poco a poco, en éste están muy bien conservados, por más que de vez en cuando se vean en ellos algunos claros en los que empiezan a verdear los sembrados. Esto es debido a que los primeros son del común, y como dice el refrán, lo que es del común no es de ningún, en tanto que los segundos son de propiedad particular.
El Estado vendió todos los bosques de este país a particulares, quienes los volvieron a vender a los pueblos, y éstos, sin duda por temor de aquél se los volviese a quitar, se han dado tal prisa a talarlos, que hoy han desaparecido casi por completo.
Nunca he comprendido porque en España no hay nadie que no procure destruir lo que es de todos, siendo así que me parece que lo lógico sería que todos y cada uno tratasen de conservarlo como cosa propia. Es ésta una de aquellas rarezas que sólo en nuestro país se ven.
Hacía ya tiempo que no había visto bosques de encinas, de robles ni de pinos, como los que tengo delante, ni en mi vida había visto sabinas del tamaño de las de aquí: son tan grandes como las encinas; hay algunas cuyo tronco tiene ochenta centímetros de diámetro. En Mequinenza, provincia de Zaragoza, me habían llamado la atención los troncos de sabina de veinte centímetros de diámetro que sostienen los emparrados de la Huerta vieja; pero los de las sabinas de aquí son incomparablemente mucho más recios. De los montes de Fraga y Mequinenza han desaparecido ya todos los sabinares; aquí, lo mismo que en la Olmeda de Cobeta, hay bosques espaciosísimos compuestos exclusivamente de sabina.
Ha llovido toda la noche pasada y aún continúa lloviznando, y sabido es el bonito color que adquieren los bosques con la lluvia. Como aquí aún no ha hecho frío y el sol de Castilla es tan ardiente, hay gran número de plantas que están ya en plena florescencia. La alfombra de romeros, tomillos, espliegos y ajedreas que cubre el monte, despide un aroma agradabilísimo. Por entre las encinas pastan cinco o seis rebaños de ovejas, mientras por la ladera de la montaña desciende un zagal con un gran rebaño de corderos. En un claro del bosque se ven tres pastores y un muchacho que mantean un corderillo muerto. El conjunto de este paisaje parece arrancado de uno de los cuadro de Watteau.
Allí, en último término, a la derecha, se ven las famosas Tetas de Viana, que son dos cerros gemelos casi de la misma altura y terminados por una pequeña planicie, que se levanta a 1.070 metros sobre el nivel del mar, a unas dos horas aguas abajo de Trillo, en la orilla izquierda del Tajo. Dichas Tetas se ven desde una porción de puntos de esta comarca.
Al salir del bosque empiezo a bajar por un camino, que va siendo cada vez más fangoso hasta llegar a Buenafuente.
Esta villa, que es muy pequeña, tiene un famoso convento de Religiosas Bernardas cuya fundación data de los primeros tiempos de la Reconquista. En un principio dicho convento era de canónigos regulares de San Agustín, pero en 1240 Doña Sancha Gómez, viuda de Don Gonzalo, señor de Molina, lo donó al monasterio de Huerta, y en 1246 se establecieron en él algunas monjas del Císter, procedentes del monasterio de Camas, del obispado de Huesca y condado de Ribagoza. Doña Blanca, nieta de la citada Doña Sancha Gómez, por disposición testamentaria donó la villa de Cobeta y la Olmeda al convento de Buenafuente. Hoy Buenafuente, que es villa a pesar de contar muy pocos vecinos, depende de la Olmeda de Cobeta, que no es más que un lugarejo.
Me apeo de la yegua con objeto de visitar el convento y la iglesia, mas uno y otra están cerrados y no veo ninguna persona mayor a quien dirigirme. Los chiquillos que juegan en la calle corren a esconderse en sus casas en cuanto ven que me dirijo a ellos. No parece sino que la villa esté habitada únicamente por criaturitas de tierna edad. Tengo, pues, que contentarme con examinar la portada y los ventanales de la iglesia, que son románicas.
Actualmente la villa y el término de Buenafuente son propiedad de una señora que vive en Madrid. Convento, casas, bosques, campos, todo la pertenece. Los habitantes de esta villa no son dueños de nada, ni siquiera una cabeza de ganado: no son más que arrendatarios o colonos.
Se me ha dicho que en el convento de Buenafuente hay un buen archivo que ha tenido la suerte de conservarse intacto, a pesar de las Guerras de Sucesión y de la Independencia que asolaron este país; pero para poderlo visitar se necesita un permiso especial del obispo de Sigüenza.
A media hora de la villa, junto a la orilla derecha del Tajo, hay un sitio conocido con el nombre del Castillo de las Monjas, donde hubo una población que, a juzgar por alguno de los objetos allí encontrados, debió ser del tiempo de los romanos. La falta de tiempo me ha impedido llegar hasta allí.
Con las lluvias de estos días los alrededores de Buenafuente están convertidos en un verdadero barrizal. En el camino de esta villa a la Olmeda de Cobeta hay puntos en que mi yegua se hunde en el lodo hasta la barriga.
En todo este camino no he observado más que una cosa digna de mencionarse: el barranco de la Olmeda debió antes estar cortado por un dique de roca; las aguas, socavando dicho dique, han acabado por horadarlo por su parte inferior, viniendo a convertirlo en un puente natural por debajo del cual pasan hoy aquéllas.
Las aguas han realizado muchos trabajos por el estilo en esta provincia. En un viaje que hice a Sigüenza observé gran número de rocas horadadas en la vertiente derecha del río Peregrina, aguas arriba del pueblo de este nombre. En la orilla derecha del Ablanque, en el término de Huertahernando, hay también una gran roca horadada al lado de una espaciosa cueva. Aquélla y ésta son conocidas con el nombre de Las Iglesias. Más arriba, en el mismo término y la misma orilla del río, hay otra, La Peña del Agujero, situada también junto a una cueva que, si bien no es tan ancha como la de Las Iglesias, es en cambio mucho más honda.
Además de las cuevas formadas en la caliza concrecionada, como las de Cívica y Peña de Hoz, hay muchas otras abiertas en la caliza compacta, entre ellas La Covatilla, en la margen izquierda del Ablanque, en el término de Huertahernando, y la de la rambla de Saelices. Esta última contiene numerosas estalactitas.
En otros puntos las aguas han aislado de la montaña enormes rocas que antes formaban parte de ella, dándolas una forma más o menos pintoresca. Yendo de Brihuega a Masegoso, el conductor del coche me hizo observar a la izquierda de la carretera un grupo de esta clase de rocas conocido como El Fraile y Las Monjas. Delante del molino de Carrascosa de Tajo hay otra muy notable, coronada por otra que amenaza caer, conocida con el nombre de Picacho del Molino; está situada en la orilla derecha del Tajo. En la misma orilla de este río, aguas arriba de los baños de Trillo, hay otra llamada La Picota de la Vieja. En el barranco de La Cueva, en el término de Canales del Ducado, hay una muy alta conocida en el país con el nombre de Tinderón. Enfrente del horno de aceite de enebro, en el término de Huertahernando, hay otra, aunque menos notable que las anteriores, llamada Castillo del Cozón. Pero las más importantes de esta provincia son las llamadas Los Milagros, entre la Riva de Saelices y Rata. De estas últimas me ocuparé otro día.
Todos los ejemplos que dejo citados, lo mismo de rocas horadadas que de cuevas y rocas aisladas, prueban que las aguas han hecho trabajos titánicos en esta comarca, que es sumamente curiosa bajo los puntos de vista topográfico y geológico.
Las calizas jurásicas de las vertientes del Tajo y del Ablanque presentan además bonitos ejemplos de comprensión lateral de rocas.
A las doce llego a La Olmeda, pequeño lugar que nada tiene que sea digno de mención; como en casa del alcalde parte de las provisiones que llevo y emprendo el regreso a Huertahernando, pero por diferente camino del que he seguido a la venida.
No puedo menos de quedar admirado de las enormes sabinas que forman verdaderos bosques entre La Olmeda y La Rambla de Cobeta. Las hay que tienen un metro de diámetro. Los chozones en que encierran el ganado están hechos con troncos de sabinas apoyados en una sabina viva, cuyo ramaje sale por encima del cobertizo. Aquí tienen la costumbre de dejar el ganado solo durante la noche; el pastor y los zagales van a dormir al pueblo.
La Rambla de Cobeta es un barranco muy profundo, como todos los de este país, cuya pendiente es muy fuerte y cuyas laderas están cubiertas de pinos. Desagua en la orilla izquierda del Ablanquejo.
El curso de este río entre la Rambla de Cobeta y Huertahernando es muy tortuoso y accidentado; sus aguas corren encajonadas por entre verdaderos precipicios, conocidos con el nombre de Castillejos y esto hace que no se pueda recorrer por el fondo.
A las cinco empieza a llover de nuevo y con mayor fuerza que por la mañana, y a las siete de la tarde llego a Huertahernando hecho una sopa.
Huertahernando, 21 de febrero de 1881

Julio Cano Sanz 

Madrid 

 

julioreyes4@msn.com

 

 

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